Villa Binéfar 2016 o la crónica de un gran día.

Llevaba algún tiempo escribiendo muy pocos relatos debido a los preparativos de una novela que me lleva loco, tanto por lo que me gusta el proyecto como por el largo tiempo que me roba el tema de correcciones, revisiones y blablabla... No obstante, tenía fe en uno de mis pocos relatos en competición: LIDIA, y el tiempo y la paciencia me han dado la razón al resultar premiado con el segundo puesto en el prestigioso, inimitable, carismático y entrañable certamen literario "Villa de Binéfar".
 
Curiosamente, en este certamen ya fuí galardonado con el tercer puesto el año 2013, por lo que puedo afirmar que progreso adecuadamente, escalando puestecico a puestecico en un maquiavélico plan para llevarme el primer puesto algún lejano día, juas, juas, juas (risa maléfica, tipo enemigo de Batman o similar). En aquella ocasión mi relato fue "Pan de higo", probablemente uno de los mejores cuentos que se hayan escrito jamás sobre principes y princesas con Rosendo Mercado de banda sonora (relato que, por cierto, podéis encontrar en el blog).
 
Para recoger el premio, la organización había organizado un evento (Tertulia literaria) con los dos premiados del certamen: Juan Jesús Aguilar, natural de Écija (Sevilla), ganador del primer premio por el relato  "El príncipe perfeito" y, por supuesto, un servidor de ustedes.
 
Como la cosa va de hacer amiguetes y pasar buenos ratos, los autores y nuestras correspondientes santas (que lo son por aguantarnos, que no por auténtica vocación...) decidimos que la mejor opción era viajar juntos a Binéfar desde Zaragoza. Y a fin de ello, muy pronto los 4 sincronizamos nuestros relojes como las máquinas perfectas de asalto que somos y nos dispusimos a llevar a cabo el objetivo. El comando maño recogió a la pareja andaluza en la estación Delicias a la hora convenida y, tras saltar todos dentro del coche, arrancamos con mi mujer al volante y una única esperanza: llegar a Binéfar con tiempo suficiente para probar su internacionalmente famosa gastronomía antes de personarnos en el evento.
 
Aquí, un servidor con Juan Jesús Aguilar, recién llegados a Binéfar.
 
Enseguida descubrimos que todos éramos gente de bien, así que la conversación fue fluída y divertida; pero pasemos a lo realmente importante: sí, amigos, la gastronomía en Binéfar vale la pena. Mi compi premiado y el menda se despacharon sus corresponsdientes conejicos a la brasa (cada uno el suyo, por supuesto, porque no creo que ninguno de los dos sea muy de compartir semejante plato y lo cierto es que ni siquiera se nos ocurrió comentar esa posibilidad). Nuestras esposas, sin embargo, se decantaron más por los vegetales y el pescado. ¡Allá ellas!
 
Tras despacharnos a gusto con nuestros platos, los 4 hicimos una sobremesa muy literaria, claro está, y debatimos largamente, frente a nuestros cafés y con el palillo entre los dientes, sobre la importancia y conveniencia de eliminar los ringorangos futiles, los adverbios de modo, las cascadas descriptivas, el lenguaje pomposo, la redundancia y las metáforas huecas en cualquier obra literaria. Tras aprobar uno por uno todos los puntos de la sesuda reunión, procedimos a abandonar el restaurante para ir al evento literario al que tan amablemente habíamos sido invitados por las autoridades locales.
 
Recién llegados al restaurante Dimarco, sede del inconmensurable evento
 
Una vez allí, hicimos lo que hace cualquier buen escritor que se precie: presentarse a todo el mundo con elegancia y arrasar con el catering. Las galletas eran sabrosas. El café estaba en su punto. El zumo de naranja era natural. Y los bombones quitaban el hipo.
 
Terminadas las presentaciones, nos sentaron a ambos escritores a la mesa presidencial con el amabilísimo concejal de cultura, quien nos presentó con la solemnidad requerida en estos magnos acontecimientos. En la mesa no había galletas, pero, obviamente, no era el momento de seguir engullendo como si no hubiera un mañana, sino el momento de enfrentarnos cara a cara con el presidente del Club de lectura, un tipo que sabía lo que se llevaba entre manos, y con el resto de personas del jurado que habían leído nuestros cuentos de pe a pa y no iban a tener piedad; no señor: éramos dos escritores totalmente expuestos a nuestros propios lectores, sin trampa ni cartón. La tensión se mascaba en el ambiente. Se podía oír zumbar a una mosca. Incluso se podía oír el efecto del alioli del dichoso conejo en mi estómago. Pero, por supuesto, la sangre no llegó al río y todo fue estupendamente bien, sin apenas heridos. Entre otras cosas aprendimos que los cipreses son coníferas y que si se ponen de color marrón, es que están pachuchos. Y es que la literatura lo sabe todo, absolutamente todo.
 

Los autores premiados y el concejal de cultura de Binéfar
 
Tras las fotos de rigor, en las que todos salimos más guapos de Brad Pitt (concejal y ambos premiados), ofrecí amablemente mi famosa novela "El prado verde de Jay Mckay", a la venta, como ya todos sabéis... e iniciamos todos los presentes una breve, aunque interesantísima e informal conversación. Creo que fue muy interesante y conocí a gente muy maja que son, sin duda, los que hacen que todo esto de la escritura valga la pena en realidad.
 
Foto oficial de la entrega de premios
 
No me preguntéis como ocurrió, pero, finalmente, nos quedamos solos en la sala del evento los autores con nuestras santas. Bueno, nosotros, ¡y el catering! Así que volvimos a hacer lo que haría cualquier escritor en nuestro lugar y volvimos a probarlo todo. Las galletas seguían siendo sabrosas. El café todavía estaba en su punto. El zumo de naranja era igual de natural que al principio. Y los bombones, cómo no, seguían quitando el hipo.
Tras dar por finalizado el catering, dos de los mejores autores que jamás han pisado tierras aragonesas y sus incomparables esposas se volvieron a montar de un salto en el coche y abandonaron la muy noble villa. Una vez en Zaragoza, Mayte y yo decidimos que nuestro papel de anfitriones quedaba peor que incompleto si no acompañábamos a Juan Jesús y a Inma a ver el centro de nuestra ciudad y a cenar algunas tapas, por lo que, tras consultarlo con los interesados, así lo hicimos y la velada terminó como tiene que terminar cualquier velada que se precie: entre cañas, risas y dejando un gran recuerdo a los participantes.
 
Final del velada, ya en Zaragoza, en la recepción del Hotel